miércoles, 5 de agosto de 2009

yolandaquemira

Ella se viste
(o se desviste)
bajo el mostrador.
Tengo frío,
le ha dicho al chico que habla conmigo.

Ella,
antes de bajar al suelo,
me ha sonreído. ..

Estoy en Galicia. En un puesto de jippys que me atrae como la sonrisa de un niño. Al fondo de mi cerebro veo el mar.
Si alargo las pestañas, puedo atrapar con ellas el sol que se me muere a chorros dentro del iris.
Así,
gota a gota,
como el final de una canción…

Él me está enseñando un collar de cuero blanco que acaba de hacer. Me pregunta si soy de Granada.
No, bello artesano.
Ahora,
contigo de frente,
soy de aquí…

Sigo viendo las pulseras y él, después de mirarme como un cachorro perdido, desaparece también bajo el mostrador...

Ella lo ha llamado con su boca y él,
sin vergüenza y
sin espera,
baja al dulce infierno
de su piel.

Huelo a humedad.
El puesto está ahora envuelto en un leve jadeo de lengua limpia, de sal seca y mojada y
de un suspiro roto.
-Quebrado
con la ternura
recién nacida-

Pasan segundos y minutos de envidia.
Desde aquí, sólo les veo el pelo.

Él se levanta y tiene los labios húmedos y mordidos.
Ella,
imagino que tendrá un mar entre sus muslos.

Y yo,
sigo allí….

Me lo quedo. Le susurro.
Y él sonríe.
Sonríe con los dientes y con las manos, con el collar que le cuelga en ese pecho tan hermoso y con el pelo rizado y revuelto.
Sonríe.
Me sonríe…

Ella se levanta alegre y traviesa y me dice mirando el collar que acabo de comprar: estás preciosa.

Vuelvo al camping bañada de dulzura y con una duda:
no sé
si me he enamorado
de él
o de
ella…



yolandaconelcollardeternura

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