miércoles, 29 de julio de 2009

loscontendedoresdemiamor

Por fin terminamos la reunión.
Cae la tarde y el aire en mis pecas y voy vestida de señorita (ya, casi he aprendido a andar con tacones).
Voy,
diríamos,
bastante mona.

A mi laíto, un león me acompaña ataviado de ejecutivo. Si lo miro se peina la melena y la soberbia.
Detrás, esa chica nueva de París que nos ha traído (además de muy pocas sonrisas) un catálogo de ventas cursi pa morirse.

Estamos en Madrid y paseamos por el barrio de Salamanca. Es la hora del vermut. Que suerte que por la noche vuelva a Chueca…

De pronto,
algo me pone nerviosa…

Mis ojos se lanzan aullando y enfilados a una esquina de la calle. No sé si podré resistirme. No puedo dejar escapar este hallazgo, es un gran descubrimiento:
hay una silla preciosa en un contenedor…

Y, como soy artista, (eso dicen mis amigos, con lo que no sé si me perdonan la vida con esta afirmación dándome por perdida, o me insultan) me permito el lujo de decir a aquellos que apenas conozco: esperad chicos, que me voy a llevar esta silla a casa de mi amiga que es una joya.

No os digo la cara de la de Paris de la france…

Y como es de noche y esto va de desnudarse esos pequeños vicios que tenemos cada uno, os cuento un pequeño secreto mío y de mi padre,
del que tanto he aprendido:



Adoro los contenedores
llenos de limpia
basura…

Cuando era pequeña
y vivía encerrada
dentro de este cuerpo
(aún sin amueblar),
tú me llevabas
de excursión,
a los contenedores
de la ciudad.

Hija,
seguro que hoy
encontramos
un tesoro…

Así tuvimos
mesa de pin-pong
(llegué a ser la mejor
en el colegio)
y una camarera
de servir,
cuando nadie la tenía
en el comedor.

Aún resiste
a la muerte,
la mesa gris
de televisión
y la lámpara
(de cristal teñido)
que alumbra
la nostalgia
del salón.

Y a mi me daba
¡tanta vergüenza!
que algún vecino
nos viera volver
con el coche lleno
de trastos viejos,
por renacer...

Anoche salí
de copas.
Al volver
conducía Ana,
mi hermana mayor.

Y le dije,
suplicando,
que quería una ruta
por los misteriosos
contenedores
de la ciudad,
por favor.



yolandaqueencuentratesoros

domingo, 26 de julio de 2009

gloriaqueparaeltiempo

El tiempo se para.
Se detiene,
nostálgico,
en mis muslos;
a medio camino entre la gravedad y el suelo.

No sé si quedarme suspendida en el instante,
o en el aire…

Vuelvo de ver a Gloria. Cuando la llamo por teléfono para decirle que voy a su casa, he de gritar mucho porque no oye nada.
Llego con mis hijas y ella, a duras penas mueve sus piernas para abrirme.
Nos come a besos…

Nunca sé si Gloria llora siempre que llego, o siempre que me voy. O llora todo el rato que está conmigo.
—Gloria es
tan tierna,
que a veces creo
que es mentira…—

Pronto cumplirá 85 años. Ella vivía con mi abuela, en la parte baja de la casa grande y nos crió a los siete hermanos Ella era el único adulto que nos consentía (En una casa con una educación estricta, Gloria era una tabla de caprichos imprescindible).
Ahora apenas puede andar y dice (que infamia) que nos agradece toda la ayuda que le damos(que no es otra que un empujón para que ande de vez en cuando por la vida y amor. Mucho amor).
Ella,
que no tuvo
más hijos que nosotros…

Bajamos las escaleras mientras ella nos despide desde arriba.
Llevo en los brazos una caja de galletas que me ha regalado. Son las mismas que le robaba a mi abuela cuando niña.

Mi hija me pregunta por qué lloro…

Que ironía, yo debería de haberle llevado pasteles a Gloria y ella es la que me regala galletas por ir a verla. Yo, que tengo que agradecerle mucho más a ella que ella a mí y es ella la que llora de agradecimiento…

La gravedad sigue tirando de mis piernas y me siento en las escaleras. Mis hijas se adelantan jugando.
Me quedo sentada
un instante,
con la caja de galletas
entre mis lágrimas…


yolandaagradecidaeternamenteagloria

jueves, 23 de julio de 2009

hassecaló

Hace calor,
como la canción de Calamaro, ese poeta que canta arrastrándose entre la música. Que ronquea tan deliciosamente.

Bien, pues no sé vosotros pero donde vivo yo, algunos hombres, con “tanta caló” van casi desnudos. En las tardes y tórridas noches de verano, se asoman a sus casas y se sientan en las sillas que colocan en la calle sin camisa y medio en calzoncillos.

Esto sería de puta madre para mis sentidos si los varones que se exhiben fueran tipo George Clooney (lo siento, nunca me gustaron los jovencitos) o mi amigo Jarka Miller.

Pero no, cuanto más grasita tienen entre las vértebras, más desnudos van.
Para que os hagáis una idea os resumo la bucólica escena de ayer:


Cuarenta grados,
aún así,
me atrevo a volar.

Tengo las plumas
recién pintadas.
—Si no las seco,
se quedarán atrapadas
en la nada—.

Despliego mis emociones y
me dirijo al parque
del olvido.

Asciendo lentamente,
afinando el iris.

Que verde el suelo
de la esperanza,
que limpios
los columpios
de los niños,
que rojos
los geranios
de las madres.

Y en el centro
del edén,
un grupo de hombres.

Desnudos,
impúdicos en su fealdad y,
lo peor de todo,
gritándoles a una preciosa ninfa
de treinta años
que pasa cerca de ellos:
¡que fresquita vás,
debería de darte
vergüenza,
ya te daría yo a ti caló…!



toma ya.

yolandaqueesperaageorge

miércoles, 15 de julio de 2009

lasgitanasconmigo

Córdoba, recién llegada a casa de mi amiga Ana.

Te veo subir las escaleras como una ráfaga de ternura. Mi hija mayor te deja sitio porque vas comiéndote el aire a zancadas. Llamas a la puerta de Ana y yo te contemplo divertida mientras te pregunto: Qué bonita eres, ¿cómo te llamas?...
Tu nombre suena como una canción…
Nunca lo había oído, te contesto,
es precioso.

Ana me cuenta que has ido a devolverle un libro roto. Tu padre lo destrozó pensando que así rajaba tus ilusiones.
(Esta vez no te golpeó
a ti.)

Qué ignorantes
los adultos,
no saben
que a los niños
nunca se les pudren
los sueños.

No.

Los guardan
en sus costillitas…

……………………………………………….


Ostalinda tiene
ocho años y
saca notables
en la escuela.
—Teoremas
hinchados de
ilusión.—

Vuelve a casa
corriendo
cada día
y entra a borbotones
en la estancia
(así, como acunando
con sus rizos
el aire de la
atmósfera).

Después de comer,
ayuda a
sus hermanos
a descargar la
furgoneta
del mercado
—que cada día
va peor—.

Ostalinda tiene el
pelo negro
y los ojos
ensortijados.
Y asoma entre
su piel
—de golosinas
y café con leche—
un brillo de
jardín de infancia.
(Las niñas gitanas
también quieren
ser princesas.)

Y cada noche
—a escondidas—
enciende sus
ojos
para abrir un libro
de viajes
(sueña con ser
azafata.)

Si su padre
la descubre
le gritará colérico:
Las gitanas
no estudian…

Al cumplir
los dieciséis
la obligarán
a dejar la escuela.
—Teoremas
hinchados de lágrimas.—

Ojalá mi amiga
Isabel (esa gitana
moderna)
pudiera
cincelarle a su
padre en las
venas
—a fuego hirviendo
pero no lento—
que se puede
hacer
sin dejar
de
s
e
r.


A Isabel, mi bella amiga gitana,
porque tiene el corazón lleno
de todos los de su sangre
(y porque la quiero).

yolandaluchando



sábado, 11 de julio de 2009

yolandaenlaluna

Vuelvo de Londres.
Cada vez me gusta más esa ciudad (y mira que yo soy una catetilla de campo…je, je). Candem town me pone muchísimo. Pasear por allí toda una mañana chupando la savia de los que habitan en la música y en el aire de ese barrio. Y comprarme algo en una de las tiendas de moda gótica.

En fin,
vuelvo de Londres.
Me repito.

Pero es que quiero contaros que, justo cuando estábamos llegando a nuestra tierra, en el coche, oí un gemido en el aire. Algo así como si la vértebra de una flor se quebrara. Y miré a mi izquierda…
Allí estaba la luna, gritándome y caída en el centro de un olivar (que moría de amor al sentir a ese satélite albino abrirse encima suya).

¡Para!, le grité al hombre que me acompaña.
Y él,
con la dulzura de un protector,
paró…

Ayúdame a levantar a la luna, le supliqué. Es terrible. Se ha caído…

Y nos bajamos del coche, suspendidos en la tristeza de saber que éramos demasiado pequeños para un corazón tan grande.

Un batido de emociones:
gemidos de luna
y de pimienta.

Pero mis huesos se duplicaron y se rajaron mis limitaciones; mis dedos se convirtieron en globos y mis yemas acariciaron excitadas los dos mares descubiertos en la luna por Galileo.
(Ya sabéis,
el mar de la serenidad y
el de la fecundidad).

Y soplé. Tan fuerte soplé que, además de levantar a la luna de nuevo, arrastré a un olivo con ella (fijaros bien, se ve perfectamente si, al mirarla, cerráis los ojos…)

Pero,
me noto más gorda desde mi vuelta de Londres.

Creo
que el mar de
la fecundidad
se quedó conmigo…


yolandaadieta

domingo, 5 de julio de 2009

doshombresyunsombrero

Estoy sentada en
un banco del puerto,
y traduzco,
melancólica,
los versos callados
de las
olas.
(Me empapan
sus palabras sin voz.)

Dos hombres se cruzan
frente a mis ojos.
Caminan ambos
bajo el sol.
Absortos en sus pasos
llagados de vida.

Se saludan,
se abrazan…

¿Por qué no llevas
sombrero?,

pregunta el más alto,
rozando suavemente
aquella calva
llena de noches
y de lunas.

Lo olvidé,
lo perdí.
Pierdo hasta
las frases antes
de hablar…


Le diré a mi mujer
que te traiga uno
del pueblo.

Le susurra enternecido
su amigo.

Se despiden
suavemente
y alimento mi pena.

Observo como
uno de ellos
se ha roto
en fragmentos.
Más viejo,
más solo,
más perdido.

El que no tiene
sombrero,
el que pierde las frases
antes de hablar,
no tiene mujer.
También la perdió.


yolandaqueobservaalosdoshombres