Este poema se lo debo a una niña que me plantó margaritas en el corazón y me hizo ser madre de todas las niñas como ella. Me costó mucho hacerlo, ha pasado un año desde que lo empecé y no sé si lo he conseguido terminar…
Por una sonrisa tuya,
te regalaría todas mis muñecas.
Una escalera
de piedra
con los bordes de
madera.
Glacial pero que,
cuando pasan
diez minutos,
termina ardiendo
(y mi esperanza dentro).
Una niña de
cinco años y yo.
Sentadas las dos
en el cuarto escalón
de su mundo y
cogiéndonos las
manos mientras
hablamos
–bueno, solo hablo yo.
Ella, mientras,
escucha su
miedo–.
A veces llora,
pero otras
le sonríe al
castillo que trenzo
para ella:
una cama elástica donde
saltaremos por las
tardes,
un bizcocho con forma
de potrillo y
un césped sin cortar
para buscar
tréboles
en mi patio.
La niña es rubia y
tiene la soledad
urdida en las pestañas.
Por eso, muchas tardes
vuelvo a la misma
escalera para
sentarme un ratito
con ella.
Hasta el día
en el que quiera
venir a
mi vida,
a jugar
conmigo.
Soy millonaria.
El centro de
acogida de mi
ciudad
está lleno
de tesoros.
yolandatierra
Cuando crecemos la magia de nuestra inocencia se va quedando en la ropa que, dos tallas menos, vamos desechando, y los ojos de mirar con asombro se van velando con la arpillera de los prejuicios.
ResponderSuprimirVa trepando la hiedra por los muros de nuestros desengaños, hundiendo sus raíces en nuestras prisas por crecer, haciéndonos olvidar... algo que no recuerdo, pero que, a veces, puedo intuir, como una estrella fugaz, en la pureza de la mirada y en la sonrisa de un niño.
... y me encuentro deseando volver a ser como fui, y olvidar algunas cosas que he aprendido.
Ángel, me encanta lo de olvidar algunas cosas que he aprendido... a veces es mejor saber menos. Estoy totalmente de acuerdo... un beso y gracias, como siempre, por tu visita.
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